martes, 13 de agosto de 2013

Los Hijos de la Gran Bretaña y yo

        He estado unos días en el Reino Unido de la Gran Bretaña, concretamente en Londres. He viajado con una compañía Low Cost, en la cual me han hecho sentir que volábamos como los Picapiedra, es decir, en las alas del Pterodáctilo. Por cierto, en el periódico Levante de hoy, venía un pequeñísimo artículo en una de las últimas páginas, comentando que los pilotos de Ryanair denunciaban en una encuesta que les habían pasado, la falta de claridad en la seguridad de la compañía. Volviendo al vuelo, si pago, soy viajera first class, tengo mi asiento reservado y embarco cuando quiero, eso sí, a partir de que ellos quieran; con un poco de suerte media hora después de que estoy en cola para embarcar. Por ello, luego, dicen que nos demos prisa en guardar nuestros equipajes de mano que llevamos retraso. Por cierto, no entiendo porqué los maletines de mano se han de ajustar a unas medidas estándar, si pagando, embarcan en la bodega del avión un baúl del tamaño del de la Piquer. Ahí estamos todos embutiendo el maletín en esa estructura metálica a fin de que quepa. Ah, y poniéndonos chaqueta, chubasquero, chaquetón..., con tal de que el dichoso maletín no pese más de diez quilos, porque entonces nos la cargamos con todo el equipo, ya que como no estamos a tiempo de facturar, nos cobrar un pastón por exceso de peso; yo he llegado a ver a una pareja, meter en una bolsa de basura el exceso de peso y subir dicha bolsa al avión como equipaje de mano. Cuando el avión está en la pista de despegue, invariablemente me acuerdo de los hermanos Wright, y en el preciso momento en el que se despegan las ruedas del suelo empiezo a contar, como los árbitos de baloncesto, mil uno, mil dos..., así hasta mil sesenta, porque, no recuerdo cuando, quizá como consecuencia del algún accidente de avión, escuche a algún experto que el primer minuto de vuelo es crítico. Después empieza el bombardeo de productos. Con una voz falsamenete alegre, las azafatas y "los azafatos" nos ofrecen "a módicos precios" desde bebidas alcohólicas a "deliciosos manjares".
       No comento sobre la brusquedad del aterrizaje porque no merece la pena. En vez de tomar tierra, el avión cae de golpe sobre la pista de aterrizaje, por eso cuando comprueban que ni hay daños en el avión ni en el pasaje, para celebrarlo, suena una "ta-ra-ri, ta-ra-ri..." y hala todos abajo.
       Cuando llegamos a la terminal, comienza el paseo a marchas forzadas (debe ser para ayudarnos a desentumecer los músculos) a buscar el equipaje facturado o simplemente la salida.
        Pero, ¡oh sorpresa! Nos topamos al final de la caminata con the Border. Hace veintidos años estuve el el Reino Unido de la Gran Bretaña, con ocasión de un intercambio que realizabamos con un instituto de Gales. Entonces, pasábamos por delante de la policía de aduanas, enseñando el DNI, si nos lo pedían, después de recoger el equipaje de la cinta transportadora. Y si no pitabamos en el maldito arco metálico, ni nos molestaban. Lo sé porque mi compañera y los veintitantos alumnos que formaban la expedición, pasaron sin más, pero yo pité, tanto a la entrada como a la salida y me cachearon, allí mismo y punto. Por cierto,  una  de las visitas programadas por el instituto galés con el que efectuábamos el intercambio, fue a un police headquarters, y el policía que nos enseñó las instalaciones y que nos estuvo ponderando la preparación y calidad de la policía científica británica, nos enseño una puerta cuyo rótulo rezaba ALIENS y otra cuyo rótulo decía FOREING, tras lo cual nos aclaró que como los españoles ya éramos europeos, ya no estábamos considerados como aliens si no como foreing. Como dije antes, en esta ocasión, exáctamente el seis de agosto de dos mil trece, a las dieciséis cuarenta y cinco horas (después de haber ajustado el reloj), ¡oh sorpresa! nos topamos con the Border. No me lo podía creer, por un momento pensé que estábamos en la Línea de la Concepción. Nos juntamos los pasajeros de tres o cuatro aviones que llegábamos de Europa, todos amontonados sin orden ni concierto, y con paciencia benedictina, esperando que aquel caos se convirtiera en una vía de fácil acceso a un/a policía. Había una hilera de pequeñas mesas con ordenador y policía entre las que teníamos que pasar en fila india y con el DNI "en la boca". Entre una y otra mesa, escasamente cabía una persona gorda. Detrás de estas mesas había entorpeciendo el paso, a modo de despachos acristalados y situados en alternancia con las mesas previas. En dichos "despachos" había otro policía supervisor, al cual recurría el policía de la mesa con ordenador, si no veía las cosas claras. Entre despacho y despacho, escasamente cabía una persona gorda. Sólo se libraron de este absoluto desprecio a la dignidad humana en las formas, los afortunados que poseían pasaporte electrónico. O sea, que hace veintidós años, los europeos pasábamos al Reino Unido de la Gran Bretaña, como pasamos ahora a Francia, por ejemplo, y sin embargo, actualmente tenemos que pasar frontera como en tiempos de Franco cuando salíamos de España para ir a Francia, por ejemplo.
         El Reino Unido de la Gran Bretaña, pese a formar parte de la CEE (de un extraño modo, puesto que no usan el euro, entre otras cosas), no pertenece a la zona Schengen. [Aunque en marzo de 1999, pidió cooperar en algunos aspectos de Schengen: cooperación policial y judicial en materia penal, lucha contra los estupefacientes y SIS, y el 29 de mayo de 2000 se adoptó la Decisión del Consejo 2000/365/CE en virtud de la que se accedía a la petición del Reino Unido]. Pero, pese a ello no son zona Schengen, y nos lo hacen sentir a los europeos que cometemos el error de ir a visitar su país. Un hermoso país que no merecen por el engreimiento, la soberbia y el menosprecio de los que siguen haciendo gala, con todo aquel que no sea sajón.