sábado, 26 de enero de 2013

A veces confiamos en quien no debemos



            Hace doce años “conocí” a alguien, por motivos laborales, que hasta entonces sólo conocía de vista.
Un buen día se “destapó” su egoísmo y su egolatría. Estaba encantado de conocerse. Al poco tiempo del suceso por el que se destapó, empezó a ir mal el trabajo y se marchó. Yo pensé entonces: - Mira, como las ratas, que son las primeras en abandonar el barco. Pero, me alegré de no tener que volver a ver a esa persona.
Hace tres años y de nuevo por motivos laborales, la vida hizo que nos volviéramos a encontrar. Al principio, su pico de oro me deslumbró y yo me reproché haber pensado mal de esa persona en otro tiempo. Pero mira por donde, poco a poco volvió a hacer patente su modo de ser, puesto que de nuevo ha hecho gala de su egoísmo, su falta de lealtad, su mezquindad y su condición de rata de alcantarilla.

¡Qué mierda!



Era cierto, se sentía la última mierda del mundo. Era una de esas tantas personas anodinas, sin suerte a las que la vida le había concedido el don de la inteligencia pero nada más. ¿Para qué quería tanta inteligencia sin suerte? Dicen que la suerte se la busca uno ¡Ja! Las oportunidades cuando llegan como uno no sea un sinvergüenza arribista capaz de pisar cabezas y cortar cuellos se esfuman y no le visita la suerte. No se puede ir por la vida siendo una persona íntegra ¡debes parecerlo! pero como se sea de verdad uno se ve en el fondo del pozo de la mierda que le arrojan los demás. Te van a pisotear y te vas a dar cuenta de ello porque eres inteligente y sigues creyendo en los principios: la honestidad, la rectitud, la nobleza ¡qué bien queda todo esto en una novela! ¡Qué mierda! Sólo consiguen lo que quieren los desalmados y los adinerados, sinvergüenzas sin principios, pero que saben aparentar ser limpios de corazón y puros de alma.