Me dijo ella:
Conseguir el billete de tren fue toda una odisea. Casi una misión imposible de espionaje. Nadie debía saber que lo tenía. Y nadie debía saber que me iba, que abandonaba a mi marido. Era la época de la dictadura y los maridos tenían todos los derechos sobre sus mujeres. De hecho, ponían una denuncia por abandono de hogar y la guardia civil nos buscaba y detenía como si fuésemos delincuentes.
Antes de coger el tren fui a casa de mis padres y les dije que me iba, que abandonaba a mi marido, que no se preocupasen por mí que les haría llegar noticias. Mi madre me preguntó: ¿Quién es él? - ¡Cómo! -le dije yo - Que ¿con quién te vas? - Con nadie. Me voy sola. No hay nadie más - Entonces ¿por qué te vas? - No lo aguanto más mamá. No aguanto más que me mienta. No aguanto más que me use de confidente de sus veleidades amatorias con otras.
"Me hacía sentir menos que nada y yo entonces sólo tenía veinticinco años" me dijo ella mientras se adentraba en la niebla.
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